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lunes

Alguna vez...

Espolvoreaste la mezcla y seguiste batiendo
-Nuez picada, te estoy revelando uno de mis secretos más preciados.
Anda llévate a gato de aquí…
¿De cuándo me dijiste que es ese cuento?
-2001, algo así.
-Relee el inicio del segundo párrafo
-Un ángel se masturba en la esquina de la habitación…
Decoraste el postre y te inclinaste para levantarme, te acercaste a la barra, tome los platos y mire hacia la pared
-Nuestra sombra me recuerda a la nana del Conde Patolín
-¡Patula! ¡El Conde Patula!
-Su nana le decía ¡Patolín! A parte tú que vas a andar sabiendo, si ni es de tus tiempos
-¡Ay! china. Cuando ibas a clases los sábados, siempre salíamos tarde porque te quedabas viendo esa caricatura. Tiempo después fueron las aventuras de Billy & Mandy. Luego porque ibas a correr ó porque querías jugos mágicos, y la lista sigue. El hecho es que siempre salíamos tarde.
-Pero de buenas. Aparte ni estábamos hablando de puntualidad.
Le dices Patula por pura falta de confianza.

miércoles

Orugas y quimeras

Desperté justo cuando la morena de caderas angulosas se abrazaba a mi cintura. Abrí los ojos con el corazón en las sienes y la boca seca.
___
Dormías a mi lado, hermosa y desarreglada, media envuelta. Te abrace por la espalada estrujando tus senos, descendí bruscamente y agarrándome a los huesos de tus caderas, te pegue a mi cuerpo.
-Soñé contigo morochita. Tenías la piel azul y un par de alas como de arpía.
Gemiste y te abrazaste a mi nuca. El sudor y la calidez de tu cuerpo me guiaron, te hable bonito. Bese tus manos, tu espalda.
Con mis manos, llegaron las plegarias, los rezos, los insultos (te movías como aquellas orugas que observaba cuando niña). Seguí lento, suave, y al fin te abriste a mí. Me hundí en tus muslos, te bebí completa…

De trenzas y juegos de fe

Recibí tu llamaba, salí para encontrarte. Lucías tan distinto, tan de revista. Llevabas el cabello corto por primera vez en los últimos 8 años, los rasgos más afilados, el mismo aroma. Nos abrazamos y salimos rumbo al centro. Entramos a un café, donde como siempre, todo el mundo parecía conocerte. Ordenaste en mi nombre, sin preguntar:
-Un expreso doble helado, y un poco de leche para mí; un expreso triple para la señorita
-No me veas así, sé que a pesar de que quedamos de comer juntos, dudaste que llegaría y comiste; y he probado el café aquí. Tendrá el sabor justo.
Me acercaste demasiado con el pretexto de escucharme mejor, me hablaste de Adriana, de la Doctora, de tu mamá y hermanos, de lo cercano que estaba el aniversario de tu papá. Me pediste que fumara contigo y tomaste una de mis trenzas
-¿Alguna vez te he dicho, cuánto me gustas?
Moviendo la cabeza respondí que no, y era verdad.

Cancele mis asuntos de la tarde y te acompañe a ver salas. Daba gusto caminar por ese centro lleno de lucecitas, tomados de la mano, jugando a ser pareja.
Caminamos por horas, llegamos a tu moto cansados y hambrientos. Me pusiste unos guantes grandísimos y me arropaste antes de subir. Con y sin el pretexto del frío me pegue a tu cuerpo. Metiste mis manos en las bolsas de tu chamarra. Acariciaste mis piernas, mi cadera, me miraste por el retrovisor y arrancaste. Sonreí y pensé: todo tú eres una insinuación, segundos después te lo dije aun sonriendo. Me abrace a tu ego.

Te miré mientras esperábamos la cena, era tan extraño ver como te habías convertido en hombre, como de un día a otro todos parecían estarse haciendo hombres.
En medio de la charla me pediste que me casara contigo, sonreí y como cada vez que hablabas de ese tipo de temas repetí tu nombre completo y para terminar dije ¡por favor!, a pesar de mis reacciones, no puede evitar saberte distinto.
Minutos después, antes de ordenar una Coca Cola, me preguntaste si aun estaba en pie eso de tener un hijo. Años atrás mientras mirábamos infomerciales, como si tuviéramos algún tipo de relación estable; me propusiste tener un hijo, reí como siempre…
-¿Ahorita, ya? Y como si fuera necesario te explique que ni siquiera sabía si quería tener hijos algún día.
-Entiendo, pero de verdad si algún día quieres tenerlos, búscame.
-¿Y que tal, si ya estas casado y todo eso…?
-No importa. Búscame.
Exhale despacio regresando al ahora del café
-Quizás en unos 3 años.
-¿Para qué 3 años? Acepta que nos quedarían bien bonitos
-Tengo muchas cosas que hacer antes
-Ay, niña. Si yo voy a estar ahí para que no tengas que dejar nada.

Termine mi ensalada y me llevaste a casa.

Llegamos tiritando, te pedí permiso para quitarme los tacones, termine en camiseta y pantalones de dormir. Deshiciste mis trenzas, fuiste por aceite y sobaste mis pies, mis piernas, mis manos. Me deje mimar, me acurruque. Cuando estaba a punto de dormir, comenzaste a besarme, a acariciarme lento, concienzudamente. Hasta que no quedo un espacio que sintiera mío. Me pediste que te abrazara justo en el momento que entraste en mí.
…y así fue, te abracé fuerte, te recibí. Como si no te conociera y creyera en nosotros…

lunes

y luego, la montaña

Llegamos a Tlaltenango ya muy entrada la madrugada, todos parecían despiertos, muchos preguntaron a donde íbamos, no pretendí entender tus respuestas. En ese viaje yo era la mujer de mi cuento, la de la voz guardada y la piel color oliva, tú eras el Dante hostil y divertido, estábamos de paso.
La noche pesaba como nunca antes, nos penetrada insistente, nos enraizaba. Utilizamos nuestra única carta y entramos a un hotel, el corredor parecía interminable, del techo colgaban algunos helechos, había un garrafón a cada lado y un pequeño mostrador. Pagaste dos noches, y tomaste la llave.
-El primer cuarto, subiendo la escalera al lado izquierdo.
Te adelantaste para encender la luz; nuestro colchón estaba forrado de plástico, el piso era de ese verde que sólo hay en los hospitales viejos de aquí de México, el salitre brotaba de las paredes, los vidrios estaban pintados de negro. No me atreví a quitarme la ropa, tenía miedo de que mi molde no lograra contener mi forma, de volverme otras cosas. Me miraste condescendiente y me invitaste a la cama
- Pero no puede acostarse con todo eso señorita, al menos quítese las sandalias.
Dirigiste mi movimiento y de a poco me sentaste, tomaste una camiseta y la sumergiste en el agua, la exprimiste, me limpiaste la cara y desnudaste mis pies para continuar con el baño. Me miraste antes de tomarme por la cintura y tumbarme en la cama:
- ¡Ahora si señorita! Venga, que la vamos a dormir.

miércoles

Sugar apple

Caminabas delante de un tipo gordo con apariencia de productor de película porno. Sostuve tu mirada fija y lascivamente, rememorando el recorrido de mis ojos por tu cuerpo

Tacón: numero 12
Material: piel de cocodrilo
Pedicure: intacto
Piernas: largas y fuertes
Caderas: de yegua
Vestido: Channel
Senos: redondos
Escote: innecesario

En resumen: exuberante con porte de caballo de exhibición.

Pose mi atención un par de segundos en él sin evitar sentir un poco de asco; bendije al caribe acomodando mi servilleta y ordene el plato fuerte. Te conté entre mis razones para asistir a las cenas formales.

El día que visitamos Dominica, ya de regreso en el barco. Cogí un termo, lo llene de café y me refugie en el 3 nivel (donde sólo había camarotes y carritos con ropa por lavar). No quería saber de nadie, y la imagen de tus piernas al salir del salón no era suficiente para el arreglo y la convivencia requeridos. Así que me deje atrapar por la estela y los colores del océano.

Te acercaste sin hacer ruido, y te dirigiste a mí entre arrogante y despectiva.
-¿Tenés algún asunto conmigo?
Respondí aun molesta por tu intromisión.
-Ninguno, estas buena y ya.
-Falta de confianza.
-No me alcanza querida.
-¡Ah! ¿No?
-El valor de tus sandalias supera el de mi equipaje completo.
Te descalzaste y me entregaste el par de tacones. Bajaste el cierre del vestido y lo dejaste caer, retiraste los pendientes y el brazalete.
-¿Esto? ¿Te refieres a esto?
Quédatelo.
-¿Pretendes volver así a tu habitación?
-No. Pretendo ir así hacia la tuya.
-Debes ser una broma más del señor dios ó del señor lucifer. Quizás una alucinación a consecuencia de los días sobre el mar ó de los alimentos del caribe.
-Ni broma, ni alucinación, tampoco es como que ande caritativa. Quiero tu piel blanca, y eso que guardas en el pecho.

Bendito y maldito pago en especie.

De cigarros y encuentros


Fue una noche larga, llegué con el tiempo justo para bañarme y salir. Antes de tomar las llaves un escalofrío me paralizo, algo no andaba bien, pero aun estaba un poco ebria y no había sueños que recapitular.

Después de mi primer clase salí a desayunar. En mi estado la fila parecía inmensa, tome un muffin y me serví café. Mientras esperaba, pensé en el método más efectivo y accesible para quitarme ese “frío de huesos”, visualice un sitio soleado, tranquilo y alejado, pedí unos Marlboro rojos e incline el rostro para revisar mi bolso en busca de efectivo, al incorporarme me tope con tu reflejo: venías caminando con Rodo, ambos sonreían. Por un momento dude, que harías tú en la universidad. ¿Sí, qué diantres harías tú ahí? Tome la cajetilla, y salí maldiciendo.
Ese mismo mes te había visto en el cine de la mano de aquella chica, y cruzando una avenida. Siempre te evite y ahora, decidías aparecer aquí.

Terminé el examen y salí de inmediato. Cuando estaba por arrancar me interrumpió el rechingado sonido del celular vibrando sobre el tablero
-Reina olvidaste tu libro
Deje el motor encendido y regrese respirando hondo.
_____
Nos encontramos en el descanso del primer piso. Esta vez no había como perderme, no había como perdernos. Apreté el libro contra mi pecho, te miré a los ojos y dije: hola. Te acercaste sin hablar, apoyaste tus manos en mi cintura. Nos besamos despacio, boba e ingenuamente. Como si nunca te hubiese mentido, como si tu mano izquierda no hubieses sostenido la manija de mi puerta un año antes, y me hubieras dicho: por favor…dime que no me vaya

Amarres y luces


-Te compré algo
Dicho esto me entregaste un envoltorio de papel arroz.
-Anda, póntelo…

Pase al baño. Era una habitación amplia y fría, repleta de espejos. La cantidad de luces me hizo sentir cada una de mis imperfecciones. Deposité el bulto sobre el lavabo y abrí mi bolso, por primera vez me recrimine por sólo cargar chiles, cartera, llaves y brillo labial. Tomé un poco de crema y con un trozo de papel limpie la sombra bajo mis pestañas. Use un poco de brillo, y me acomode el cabello sin dejar de pensar en mi ofendida autoestima. Acerque el paquete, al deshacer el nudo, resbalo una batita blanca satinada. Dude un poco. Tu voz me hizo saltar
-¿Quieres vino?
-Sólo un poco
-¿Qué tanto haces ahí dentro?
-Nada ya voy
Le saqué la lengua al espejo y me desvestí. La tela era exquisita. Probé con y sin tacones, elegí con, y agradecí que combinaran a la perfección con la ropa interior. Le gruñí al espejo y salí sin pensar demasiado.
Al verme, dejaste las copas sobre la mesa. Lucías tan complacida. Amarraste un listón a mi antebrazo y me llevaste al balcón. Había una silla de madera muy parecida a las que siempre imagino en el cuento de Ricitos de Oro, pulidita y rustica. Siguiendo tu indicación me senté. Te arrodillaste sin dejar de mirarme, separaste mis piernas y ataste mis tobillos a las patas de la silla, llevaste mis muñecas hacia atrás y ajustaste el nudo. Te levantaste apreciando el cuadro, apretaste los labios y retiraste el listón de mi brazo para rodear mi cuello con el.
-Así esta mejor.
Acercaste una de las lámparas, he hiciste las primeras cuatro tomas
-Muy bien, ahora dame un segundo.
Sacaste unas tijeras plateadas, rozaste mis senos y vientre con ellas, hasta depositarlas entre mis piernas.
-Abre bien los ojos. Gira un poco tu cabeza hacia la puerta. Así, justo así. Sólo una toma más.
Apagaste el foco y comenzaste a besarme: el cuello, las manos, la cintura. Subiste despacio, hasta llegar a mi pecho. Tu estancia ahí se prolongo en esa atemporalidad que guarda el placer. Cuando llegue, tus labios soltaron mi pezón y tu mano izquierda jaló la soga que ataba mis manos. Alejaste tu cuerpo del mío, me abofeteaste una, dos, tres, cuatro, cinco veces y tomaste la cámara.
-¡Demonios! necesitamos un asistente, detesto tener que dejarte para acomodar las luces.
Un par de clicks y te montaste en mi. Cerré los ojos. El frío de las tijeras rozando mi cadera me hizo volver, cortaste mi ropa interior y conteniéndote diste un clic más.
Me miraste preguntando, asentí. Echaste la cabeza hacia atrás, y con tu mano izquierda tapando mi boca, te derramaste. Exhausta me apoye en tus senos. Sin dejar de escuchar tu corazón, agradecí la experiencia del placer y todos sus rostros.

domingo

De deseos y culpa...


-¡¿Hola?!
-¿Qué haces aquí?
-Te amo
-Ya en serio, ¿Qué haces aquí?
-Me dijeron que no te quedas…
-¡Demonios! Tienes razón, la situación ideal para buscarme
-Quiero estar contigo
-Estas loca negra, no tiene sentido. No puedo cambiar mis planes ni por ti
-Jamás te pedí nada, hoy te lo pido. Sólo el tiempo que estés aquí, después ciao
-¿Entiendes lo que me estás ofreciendo…?
-Llegué sudando frío y con el corazón agitado, asustada de cómo reaccionarías, de si estarías con alguien. Pero no dude ni un segundo en tocar tu puerta
Te mire incrédula y sorprendida. Mi labio inferior temblaba
-Bonita, sólo tengo un boleto
Me tomaste las manos y te inclinaste para besarlas
-India te falle demasiado, déjame darte esto. Déjame quedar en paz…

viernes

Porque un día fue...


-Al parecer diciembre es el mes favorito de los desaparecidos. Recibí mensajes de gente de la que tengo años sin saber nada
Tomaste tu teléfono. El común denominador te hizo sonreír
-¿Quién te escribió?
-Te acuerdas del mes que estuve en Puebla…pues un compañero de ahí y otra amiga del Instituto.
Sin dejar de mirarte pensé: Sí, la misma que el día de tu acto te llamó infinidad de veces para pedirte que fueses su compañero en aquel congreso.
No dije nada. Me guarde la expresión de tu rostro al leer el remitente.
Después de unos tragos fuimos a la cama. Respire profundo antes de cerrar los ojos. Era increíble la forma en que nuestros cuerpos embonaban en el abrazo, como cada curva parecía estar destinada. Al exhalar recordé a la chica, a otras. A todas las personas con las que nos cruzamos cada día.
-Te toca apagar la luz
Cerré los ojos y sonreí
-¿De que te ríes?
-Nada, que me gusta creer que cada día, de entre todas las posibilidades me elijes a mí.
"Resumiendo,
que te tengo ley"

Cuando las líneas paralelas abandonan la paradoja...

Te espere descalza, sentada en el tercer escalón. Usaba aquella falda amplia y larga de color negro, una camiseta del mismo tono, una estrella de 6 puntas descansaba en el espacio de mi escote. Fumaba encendiendo cada cigarrillo con el anterior.
Llegaste cuando comenzaba a oscurecer, entramos sin encender la luz, me senté sobre el sofá cama de la sala apoyando la espalda sobre la pared, te acomodaste frente a mí y me tomaste las manos. La charla comenzó con esa tensión que guardan las patas de un insecto sobre el agua: Ya no vamos a estar juntos. Luego con el sonido de quien grita dentro de un calderito viejo, vino el: me mentiste, y lento, como quien bate leche y azúcar sobre el fuego, llegaron todos los porques, todos los etcéteras…
En algún momento el abrazo nos dejo sin palabras. Había un dolor tan dulce en ese cobijo, una aceptación tan apacible, tal reconocimiento del otro.
Me separe de tu pecho para secarme las lágrimas. Me miraste unos minutos antes de hablar.
-Yo le prometí cuidarte
-Te libero de esa promesa. Eres Libre. ¡Hey! mírame a los ojos, eres libre y necesito que me digas lo mismo.
-¿Quién te dijo a ti, que yo quiero ser libre?
-Por favor. Sólo dilo…

Ya me voy para lo ancho
ya me voy como quien se queda
ya no existo entre tus manos

[de un poema de mi querido Guadalupe del Río]

lunes

Te quise y te quiero tanto,


-¿Por qué llora mi niña?
-Estoy triste y enojada vieja
-Yo también lo estuve, pero al final entenderás
-Entiendo y aprecio la forma en que la muerte transforma lo que toca, la forma en que nos transforma tan a pesar nuestro. Pero no debería estar permitido hacer promesas que no se pueden cumplir, menos cuando uno es niño, y se cree todo lo que le dicen.
-¡Mi niña! siempre con el corazón tan peleado con la cabeza.
-Ojalá alguno hubiese ganado un día
-¿Recuerdas lo que te dije el día que rompiste la puerta de la cocina?
-Sí, también recuerdo que me decías que guardara mis lágrimas para cuando te murieras. Y ya ves que aun sin ese almacenaje, me alcanzan y sobran.
-No me gustaba verte llorar, nunca te dije porque. Y es que lloras igual que mi madre. Tan calladita, como si cada lagrima viniese de hace tanto, de tan profundo.
Cuando las veía, sentía que me había enterado de algo que no debía, que había invadido algo tan íntimo. Y ustedes mantenían esa expresión tan parecida a la de los santos, como si el llanto y la vida les fuesen ajenos, y la intensidad de su dolor estuviese tan lejos de mi comprensión.
Porque no dejas esa taza, y me cuentas qué es lo que pasa…
Apretando la taza contra el pecho sin dejar de mirar un punto fijo sobre la pared.
-Tú también me dejaste

miércoles

El encantador Mr. H

Pusiste mi mano sobre tu cuello mientras presionabas un punto en mi espalda y otro en la comisura de mi codo, el dolor ascendió como una descarga eléctrica. Tus dedos cambiaron de sitio y el placer se intensifico, cambiaste el acorde para sumergirme en un escalofrío que comenzó en la punta de mi dedo índice, otra conjunción para hacerme sentir un millón de alfileres en las plantas de los pies, una más para hacerme experimentar la caída y el vértigo. Barriste mi rostro, senos y vientre con las yemas de tus dedos y disminuiste el ritmo para morder suavemente mi hombro, y dejarme recobrar la conciencia. Respire hondo. Deslice mi mano sobre tu pecho y tome el rosario que pendía de tu cuello, gire la muñeca para empuñar la mano, y comencé a apretar. Tu rostro se tiño resaltando aun más el cenizo de tu cabello y el color de tus ojos. Tu sonrisa era maquiavélica e infantil. Reí. Me giraste de golpe
-¿De que te ríes?
-Es fascinante tener el control
-¿Y ahora?
-Abusas de que eres grande. Y bueno, contigo prefiero la sumisión…
Me acomodaste el cabello y me miraste casi intimidante
-¿Siempre te ríes cuando lo haces?
-No, no siempre ¿y tú?
-Sólo cuando estoy contento…
Te quedaste en silencio por unos segundos, y como si estuvieras muy lejos, y con ese tono de vos que usaste cuando me conociste, seguiste:
-Sólo contigo…

viernes

Los cuentos, el pasado

Llegué al café de siempre, nerviosa, con el cabello muy corto y peinado de niño. Rubia, temblando. Habías terminado tu investigación, estabas muy flaco y moreno. Usabas trenza, mirabas con ojos de animal. Charlamos un par de horas, las palabras se balanceaban entre sorbos de café, caricias, migas y esa felicidad burbujeante de los encuentros.
-y… ¿Estás con alguien?
Asentí con la cabeza. Sonreíste indulgente
-¿Y quién es?
-Ya sabes…
Apretaste los puños
-Chale ¿Por qué él?
Se marcaron las venas de tu cuello
-¡No voy a estar contigo! Cualquiera no habría importado pero ¿él?

Terminamos el café, te pedí que no me llevarás a casa, no estaba dispuesta a una despedida mas. Me acompañaste al taxi, me negué a tu beso, y me invente un domicilio. Caminé un par de horas antes de llegar a mi puerta. El otro tú me esperaba sentado en la escalera. Era absurdo que yo quisiera dejarlo todo cada que aparecías, era absurdo que me hubieses pedido que viajara contigo, como lo era que hubiese negado. Era absurdo querernos tanto…
Nos abrazamos… a las manos siguieron los besos, a los besos ese estúpido amor que decíamos profesarnos, y después las olas, el calor…la humedad
-No quiero mas recuerdos nuestros aquí
-¿Vamos a mi casa?
Se me mojaron los ojos, se me quebró la voz
-No, no puedo. No quiero.
-Entiendo, perdóname. Necesito estar contigo

Salimos y por primera vez en todo nuestro tiempo, fuimos a un motel. Entramos, el frío y la falta de familiaridad me resultaron reconfortantes. Te quite la ropa, nos besamos todos, me cogiste como nunca, como antes, como siempre, hasta que mi espalda se arqueo, te clave las uñas en el cuello y los ojos se me llenaron de lagrimas…

Minutos después me mire en el espejo: tu cabeza descansaba sobre mi vientre, sonreías placidamente. La tristeza se convirtió en ira, ¿Con qué puto argumento te atrevías a buscarme? ¿Con qué puto derecho te atrevías a juzgarme? Comencé a temblar, te moví despacio, me senté sobre la cama. El reflejo no mentía estaba ahí, estabas ahí, estábamos ahí. Te pusiste de rodillas para abrazarme
-¡No me toques!
-¿Y ‘ora? ¿Qué paso?
-¿Qué paso? Que soy una verdadera pendeja. Eso paso.
Lamiste mis lágrimas y me arrastraste hacia la cabecera.
-Solo necesitamos descansar. Si respiras hondo y dejas de mirarme así, te cuento un cuento ¿va?

Y en ese cuarto… entre tus brazos, con los ojos bien cerrados, la garganta hecha nudo y el corazón apretado. Escuche el cuento más cruel de la historia. Ese, de la niña en la montaña, que cansada de esperar el regreso de los aldeanos, corta el puente y se queda sola…

Piel de barro

Te desnudaste y te echaste boca abajo sobre la cama. Tu piel era oscura, sin una sola marca, brillante. Me monte sobre tus caderas y tome tu cintura con ambas manos
-Que bonita envoltura la tuya, pareces de barro
Dicho esto me pegue a tu espalda y me acerque a tu oído:
-Estás como para contemplarte
Giraste el cuello y me miraste por el rabillo del ojo ligeramente sonrojada.
Te bese pensando: Como para quedársela…

(pero como dice la Sra. Ángeles: si ni los perros son de uno…)

jueves

Adanes

Tomaste mi teléfono para guardar tu número, sonreí cínica
-¿Y aun tienes a tus mujeres guardadas con nombres falsos?
Me marcaste confirmando cada digito, en la pantalla parpadeo: Ilusionista
-Pensé que no lo tenías… ¿Por qué ilusionista?
-El ilusionista es aquel, que hace parecer real, algo que es imposible…